Archive for Anécdotas divertidas

LA GRAN NEVADA

Era una tarde de invierno, y mi padre y yo decidimos ir a pasar el puente esquiando en nuestra casa de Bakeira. Cuando llegamos, allí había una terrible ventisca que nos impidió subir el coche hasta nuestro garaje que se encuentra en lo alto del pueblo. Tuvimos que dejar el coche en el parking del pueblo, y esa misma noche cayó una gran nevada y nuestro coche quedo enterrado bajo una capa de nieve de unos 2 metros de altura… A la mañana siguiente y viendo el panorama, nos fue imposible ir esquiar como teníamos previsto. Casi ni encontramos el coche de la nieve que había; nos tuvimos que quedar todo el fin de semana encerrados en casa.

El domingo por la mañana llamamos a mi tío Willi para que nos ayudara con el coche, con su ayuda y un “poco” de sal conseguimos sacar el coche de debajo de la nieve, ¡Menudo alivio! Esa noche cenamos y dormimos en casa de mi tío, para evitar volver a quedarnos atrapados. En casa de mi tío nos lo pasamos muy bien, a pesar de todo el disgusto que teníamos encima, y de lo decepcionados que estábamos con como nos había salido el plan. En esa casa recobramos la sonrisa, había un gran ambiente
El lunes, ultimo día de puente, volvimos a Bilbao.
Lo que empezó siendo un amago de desastre término en una anécdota para contar.

Cristina Ibargüen.-

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Un sabado inolvidable

Todo esto ocurrió un sábado, hace tres años, estábamos en mi casa Inés y yo solas, porque habíamos quedado para hacer un trabajo juntas. Todo iba muy bien hasta que oí un ruido, era como si se estuviera abriendo la puerta de un cuarto, estaba muerta de miedo pero pensé, que sería mejor no decir nada, para evitar que le entrara el miedo también. Al cabo de un minuto, se escucho la bomba del cuarto de baño. Inés y yo nos miramos, no podíamos más, lo único que se me ocurrió fue coger una palas de padel (que por cierto tuvimos la suerte de que estaban en ese cuarto), y ponernos a investigar la casa. Mientras yo entraba por los cuartos, Inés se quedaba en la puerta vigilando.

Cuando salí del cuarto de mis padres, le dije: “no hay nadie, tranquila”, pero por mucho que le decía que se tranquilice, yo no podía.

Nos volvimos al cuarto donde estábamos trabajando, pero ya la concentración no era la misma, ya que nos podía aparecer algún ladrón. Al final, pensé, que lo mejor seria, llamar a mis padres.

-papá, estamos muertas de miedo, ¡hay alguien en casa!- le dije a mi padre.

-haber, ¿Quién está?

-pues no se, ¡porque no le he visto!

-¿están tus hermanas?- me preguntó

-¡no!-le respondí

-¡claro que está! Cristina está estudiando en su cuarto.

Cuando se lo dije a Inés, no sabíamos si matar a mi hermana o abrazarle

                                                                                            Sofía Landa Eguidazu, 3º E.S.O B

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Una caída

Era un día caluroso y después del colegio fuí a mi clase de ballet. Marta y yo quedamos para ir juntas en el metro y cuando llegamos a la academia ya estaban allí varias compañeras, así que nos cambiamos, nos hicimos el moño, y salímos del vestuario para calentar.

Unos minutos después entramos en la clase. Era lunes y por lo tanto teníamos ejercicios diferentes a los de la semana pasada. Empezamos los de barra y hasta entonces no me fue mal, pero cuando pasamos al centro los ejercícios se complicaron.

Los ejercícios de saltos también eran diferentes y uno de los saltos no lo habíamos hecho nunca, por lo tanto la maestra nos mandó hacerlo mas lento y en el momento menos esperado se me enredaron los pies y me caí de culo. En ese momento todo el mundo se quedó en silencio pensando que me habría hecho daño y aunque nadie se lo esperaba eché una carcajada. Cuando mi profesora y mis compañeras me vieron reir ellas también lo hicieron, sobre todas se escuchaba la escandalosa risa de mi compañera Marta.

Sara Echévarri

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LA HAZAÑA DE MI GATO

Un viernes por la mañana una amiga de mi madre que tiene un hijo de 7 años que se llamba Iker. Él tenía un pez que se llamaba “Nemo” y como se tenian que ir a Zaragoza ese fin de semana nos preguntaron a ver si podiamos cuidarlo “. Mi madre aceptó pero no se dió cuenta de “Felix” mi gato. El pez llegó a casa sobre las diez de la mañana y el gato no le hacía nada así que no nos preocupamos. Pero al irnos a la cama mi madre olvidó poner una tapa a la pecera.Mi gato aprovechó metió la pata y sacó el pez de la pecera para jugar con él.
A la mañana siguiente cuando mi madre encontró el pez en el suelo pegó tal grito que mi gato se escondió en el baño y no apareció hasta que le entró el hambre (unos 10 minutos después). Esa misma tarde fuimos a comprar otro “Nemo” y era el único que quedaba en la tienda. Esa noche mi madre le puso una tapa a la pecera. El domingo a la mañana vinieron a buscarlo y se lo llevaron.

http://tbn0.google.com/images?q=tbn:sP1s3ZkmVNYQ0M:http://www.marceven.cl/blogs/media/1-Gatitos-011_01.jpg                                              Yaiza Barquín

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Vaya viaje

Voy a contar una historia verídica:un viaje que hice este verano con mi familia, añadiendo algo de ficción para hacerlo mas divertido. Con vuestro permiso.
Fuimos de noche al aeropuerto. Montados ya en el taxi se cruzó una lechuza, lo que me impresionó bastante porque nunca había visto una. Era blanca y muy bonita. El viaje se prometía al menos interesante. ¿Sería casualidad…?
A pesar de coger un avión, el viaje era en barco.
El primer país que visitamos se me hizo una experiencia larga y divertida. Nada mas llegar cogimos un autobús que nos enseñó toda la ciudad. Tenía unos auriculares en castellano que explicaban historias sobre la ciudad y sus monumentos. Había una sirena de piedra cerca del puerto donde nos hicimos unas fotos. La ciudad se llamaba Copenhage. Se nos hizo tarde y ese día casi perdemos el barco.
En el siguiente país había muchas bicicletas,Todo lleno de bicicletas y muchos canales por los que paseamos en barca. Ésta vez en vez de auriculares un señor explicandoba en castellano por donde pasábamos, pero con acento muy raro. Esta ciudad que se llamaba Ámsterdam.
En el siguiente lugar que estuvimos hacía mucho frío y nos compramos gorritos de lana para protegernos de él. El día era soleado, pero aun así hacía frío. Fuimos a un mercadillo que en vez de vender ropa vendían comida. Había cientos de puestos de comida. Probamos un poco de todo, y todo estaba muy rico. Hablé castellano con algunos sudamericanos que tenían puestos de comida, lo que fue bastante chocante porque estábamos en Helsinki, capital de Finlandia.
El último sitio que visitamos estaba en Rusia. Había muchas iglesias y muy bonitas. Todas tenían las cúpulas doradas, y por lo que nos dijeron en San Petersbugo “todo lo que reluce es oro”. Lo que vi fueron muchas tiendas de ámbar, que es una joya sacada de la resina de los árboles.
Me gustó mucho el viaje, y espero repetirlo alguna vez
Patricia Aurrecoechea Aurteneche

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Ladrón de Misa (primera parte)

Mi padre llevaba varios domingos sospechando del señor que pasaba el cepillo en la Misa de una de San Ignacio. Según él esta “buena persona que sólo tiene intención de ayudar a la parroquia” robaba el dinero de los feligreses cada semana al subir las escaleras al piso de arriba.

“Papaá, por favor, si lleva cuatro años pasándolo y nadie ha dicho nunca nada” le dijimos mi hermano y yo. “Precisamente por eso” nos dijo “Porque nadie le dice nada”.

Esto me dió algo en qué pensar. La verdad es que el hombre tiene una cara de cabrón que no puede con ella pero no me lo imagino robando. Además siempre lleva jerseys de Lacoste luego necesitado de dinero no debe de estar. Pero le di más vueltas y pensé que quizás se compraba estos jerseys para dar buena impresión y que nadie sospechara de él. Tenía sentido.

Aunque estuve muchos días pensando en la telenovela esta, se me olvidó hasta ayer, que fui a Misa de una a San Ignacio y recordé las sospechas de mi padre. Miré alrededor y allí estaba él (vamos a llamarle Juanjo) en la primera fila; el que más cerca estaba de los cepillos para ser el primero en cogerlos y subir arriba si mis sospechas y las de mi padre eran ciertas. Mi padre no le había visto nunca robar pero decía que cuando subía se le veía meter la mano en el bolsillo después de mirar hacia arriba.

Mi corazón latía más fuerte que nunca cuando la musiquilla del órgano comenzó a sonar para la colecta del Domund. Juanjo en un hábil movimiento cogió el cepillo y empezó a pasarlo. De repente suenan pasos en las escaleras y me asomo. Veo a Juanjo levantando la vista hacia arriba y me escondo; y en casi una milésima de segundo, tras asegurarse de que nadie miraba hacia arriba, en un rápido y coordinado movimiento escora el cepillo hacia su mano izquierda y con esta coge un billete de cincuenta euros y se lo mete en el bolsillo. Lo primero que pensé: qué cabrón.

Era verdad, el aprobechado llevaba robando a la iglesia más de cuatro años (cincuenta euros por semana por cincuentaidós semanas del año por cuatro años dan más de diez mil euros recaudados por ese ladrón. ¡Un atraco a plazos!

Me contuve para no pegarle porque no quería montar un numerito así que decidí quitarle el cepillo y pedirle que devolviese el dinero. Pero me contuve y me arrepiento de haberlo hecho. Cuando bajó las escaleras tras recibir mi mirada de , dejó el cepillo en la mesa y se hizo buena persona ayudando a una viejecita que pasaba por el otro lado a dejar el cepillo y ordenarlos. Luego fue a comulgar más contento que unas pascuas para no levantar sospechas. Yo creo que con esa sangre fría el tío no estará ni bautizado.

Al acabar la Misa fui a hablar con el párroco (que por cierto, es nuevo desde hace un par de semanas) y se lo conté. Se quedó callado y pensativo y me dijo que le diría algo aunque dudo que me creyera.

Esto ha pasado en verdad pero no digas nada a nadie que quiero volverle a pillar robando. Como lo vuelva a hacer juro que le pego una patada en la entrepierna.

Emma Arana

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Una mañana bonita estropeada con un mal final

Esto que os voy a contar ahora ,me pasó cuando tenía 7 años.

Era una mañana lluviosa de diciembre como otra cualquiera, pero ese día yo estaba muy contenta porque íbamos a ir al PIN. Fuí con mi hermano, la que me cuida y alguna amiga. Nos montamos en muchas atracciones y justo cuando nos íbamos a ir, ví un pececito que me gustó mucho y la que me cuida me lo compró.

Cuando llegamos a casa, muy emocionada lo puse en una pecera y le dí de comer. Más tarde mi hermano, que tenía 4 años, fué a la cocina, cogió el jabón fairy y lo empezó a echar por la pecera; después cogió la escoba y rompió la pecera de cristal.
Cuando mi cuidadora y yo oímos el ruido, fuimos corriendo a la cocina. Todos se preocuparon por si mi hermano se había cortado con algún cristal, pero a mí nadie me hacía caso cuando yo estaba llorando por mi pobre pececito naranja. 

sofia mesanza

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